Nosotros vivíamos en una calleja situada al sur de la ciudad, aunque no consigo recordar su nombre. Sé que nuestra casa era muy estrecha pero también muy espaciosa, tenía unos techos altísimos y empinadas escaleras de madera cuyos escalones crujían amablemente al pisarlos. Los grandes ventanales que poseía carecían de cortinas o persianas, por lo que la clara luz del sol iluminaba durante buena parte del día todas sus habitaciones, incluso en los recovecos más ocultos.Cada vez que llueve junto a mi ventana y veo las traviesas gotas de agua que corretean por los cristales empañados de mi cuarto, recuerdo el agradable olor a tierra mojada y a humedad que se colaba en mi antigua casa cuando llovía, el embriagador aroma de las galletas de mi madre y los cariñosos abrazos de una gruesa manta de franela con la que solía arroparme.
No recuerdo mucho más de aquella casa, salvo que en ella fui muy feliz durante los primeros cuatro años de mi vida.
Evoco a mis padres muy levemente, sobre todo en sensaciones, casi nunca en aspecto físico, pues no recobré nada de lo que perdí en la guerra. Salvo, acaso mi libertad y un escaso recodo de decencia. Tan solo guardo mi memoria de aquel entonces.
A veces, en duermevelas a medianoche, los veo en sueños y entonces soy capaz de visualizarlos con claridad. Ella era una joven muy bonita, con una larga cabellera rubia domada en dos ceñidas trenzas, tenía las mejillas sonrosadas y los ojos de un azul claro que irradiaban amor por los cuatro costados. Mi padre era grande y corpulento, también era rubio y poseía un grueso bigote que le daba un aspecto un tanto cómico. No recuerdo mucho más de mis padres, excepto las manos callosas de él, tan rudas y firmes como debían de ser las de un afamado carpintero, pero a la vez tiernas y cálidas para mí, un refugio seguro en el que siempre procuraba cobijarme.
La imagen más nítida que poseo de aquella corta infancia es la de una radio muy vieja, muy grande, de la que salían noticias en un idioma que yo no entendía. A veces, una voz, grosera e imperiosa, ansiosa de mandar, surgía de ella como un relámpago feroz y conseguía hacerme llorar. Claro, yo entonces no lo sabía, pero aquella voz lúgubre presagiaba los terribles acontecimientos que nos sobrevendrían. Su dueño estaba dispuesto también a apoderarse de todo, incluso de lo que no le pertenecía, aunque para lograrlo tuviera que destruirlo.














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