PARTE I
“No es mi misión hacer justicia, sino solamente aniquilar y exterminar”
Hermann Wilhem Göring Fundador de la GESTAPO y jefe de la Luftwaffe
Queridos lectores:
Mi nombre completo es Hans Sigemänder, aunque a mis setenta años de edad –nací en 1936- hay ocasiones en las que mi mente divaga y me hace imaginar que me llamo Señor Nils, como cariñosamente me apoda la joven Kitty o Sinterklaus, con el que suelen confundirme los pequeños vecinitos del Nº20 de Bestervaestraat. Cuánto me recuerdan a mí mismo sus sonrientes caritas. Según ellos, mi gruesa nariz redondeada, mis mejillas regordetas y mi larga barba blanca me confieren un enorme parecido con ese personaje tan apreciado por los niños y niñas de toda Holanda. Lo cierto es que sí que tengo un vago parecido con él, al menos en mis recuerdos.
La historia que voy a relatar aquí no ha sido narrada nunca con anterioridad, ni tan siquiera mis amigos más íntimos o mis vecinos más cercanos la conocen. Bueno, algunos de ellos como el tristemente desaparecido John o la buena de María sí la conocen, pero eso sólo es porque también forma parte de su pasado. No la he descrito hasta hoy porque dudo que alguien sea capaz de creerla. Pudiera ser que los niños lo hicieran... pero quien sabe, hoy día ni los niños son como los de antes.
Los hechos que detallaré a continuación son dolorosos para mí, pero a estas alturas de la vida sé que estoy obligado a mostrarlos, puede que de esa forma nada de aquello vuelva a suceder.
Corría el año 1940. Estábamos en mayo, cuando los tulipanes se abren en mil colores tiñendo los campos de alegría y reflejando en los canales los fulgores de un sol que amenaza un verano sofocante. Los árboles de los parques, los centenares de tiestos de las terrazas y las plantas que crecen al pie de los puentes florecían en un frenesí incontrolado. El cielo era claro y la temperatura muy agradable. Todo hacía indicar que el verano siguiente sería perfecto.
Mi nombre completo es Hans Sigemänder, aunque a mis setenta años de edad –nací en 1936- hay ocasiones en las que mi mente divaga y me hace imaginar que me llamo Señor Nils, como cariñosamente me apoda la joven Kitty o Sinterklaus, con el que suelen confundirme los pequeños vecinitos del Nº20 de Bestervaestraat. Cuánto me recuerdan a mí mismo sus sonrientes caritas. Según ellos, mi gruesa nariz redondeada, mis mejillas regordetas y mi larga barba blanca me confieren un enorme parecido con ese personaje tan apreciado por los niños y niñas de toda Holanda. Lo cierto es que sí que tengo un vago parecido con él, al menos en mis recuerdos.
La historia que voy a relatar aquí no ha sido narrada nunca con anterioridad, ni tan siquiera mis amigos más íntimos o mis vecinos más cercanos la conocen. Bueno, algunos de ellos como el tristemente desaparecido John o la buena de María sí la conocen, pero eso sólo es porque también forma parte de su pasado. No la he descrito hasta hoy porque dudo que alguien sea capaz de creerla. Pudiera ser que los niños lo hicieran... pero quien sabe, hoy día ni los niños son como los de antes.
Los hechos que detallaré a continuación son dolorosos para mí, pero a estas alturas de la vida sé que estoy obligado a mostrarlos, puede que de esa forma nada de aquello vuelva a suceder.
Corría el año 1940. Estábamos en mayo, cuando los tulipanes se abren en mil colores tiñendo los campos de alegría y reflejando en los canales los fulgores de un sol que amenaza un verano sofocante. Los árboles de los parques, los centenares de tiestos de las terrazas y las plantas que crecen al pie de los puentes florecían en un frenesí incontrolado. El cielo era claro y la temperatura muy agradable. Todo hacía indicar que el verano siguiente sería perfecto.














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