Una página gratuita casi diariamente

A todos aquellos que aún no lo hayan leído, les presento la novela Un ejército para Hans. Este libro ha estado publicado en Lulu.com durante casi año y medio, logrando superar la cifra de los 200 ejemplares vendidos, aun así, estoy convencido de que su rédito económico se ha acabado (al menos al nivel que yo puedo llevarle), por lo que he decidio lograr más lectores que puedan decir si es un libro bueno o malo. A la derecha podéis ver un botón de venta de LULU, en el que os podéis descargar el libro de manera totalmente gratuita o comprar su versión impresa en tapa blanda o dura. Para los más pacientes, voy a publicar en este blog (casi a diario), una página del libro, para que vayáis entrando poco a poco en su lectura. Espero que os guste y os animo a que votéis y critiquéis cuanto queráis (siempre y cuando sea con respeto). Un saludo y mil gracias por leerme.

lunes 22 de junio de 2009

Entrevista en el Diario Druida

viernes 19 de junio de 2009


Javier Fernández Jiménez, Madrid, 7 de noviembre de 1978. Ha vivido en Leganés, Cantabria y ahora reside en el Encinar del Alberche. Ha publicado El caballero andante, El escudero del rey, El príncipe dormido, Cuentos de Telluón, La tierra seca, Un ejército para Hans… lo que le ha convertido en un experto en la publicación utilizando las nuevas tecnologías y, por ello, siendo un adelantado en el camino hacia el que va el mundo del libro.

Ha ganado algunos premios literarios con sus cuentos, además de un par de concursos poéticos y otro de cartas. Codirige y presenta el programa Castillos en el aire, de Radio 21, redactor de cultura y deportes en el periódico gratuito A21.

Le entrevistamos por su novela Un ejército para Hans.



Para leer la entrevista completa Pinchar Aquí.

viernes 22 de mayo de 2009

Una reseña de Un ejército para Hans

viernes, mayo 22, 2009

Acantilados de papel 231: Un ejército para Hans

FICHA:
UN EJÉRCITO PARA HANS
de Jacier Fernández Jiménez
Edita: Ediciones JF2005
Madrid, abril de 2008
Género: Novela
Encuadernación: Rústica
180 páginas. 11 euros.
Página del autor.
Página del libro.
Portada: Javier Fernández Jiménez

Un ejército para Hans es una novela un tanto atípica. No lo digo por que esté dividida en cuatro partes o capítulos, dos de ellos (el segundo y el tercero) muy extensos, ni por que trate de la II Guerra Mundial, incluso tampoco por que el protagonista sea un niño en un mundo en guerra, ni por las pinceladas de drama o ese episodio de cuento de hadas que representa la relación de Hans con su especial ejército de Biclips comandados por Dief van Fietsen; no, ni tan siquiera la aparición de San Nicolás en la trama.

Pero todo ello la hacen una novela que no sabríamos definir. Como ya os he comentado, y así podemos leerlo en la contraportada, durante la segunda guerra mundial fueron muchos los huérfanos que se vieron obligados a malvivir en las peligrosas calles de las ciudades ocupadas. El protagonista de esta novela, Hans, es uno de esos niños. Vive en Ámsterdam y a muy temprana edad quedó huérfano, siendo su gran sueño ingresar en la resistencia holandesa y luchar por expulsar a los nazis de su patria. Javier Fernández, con esa idea, desarrolla una trama que tiene características de literatura infantil, colocando al final fragmentos idóneos para el lector adulto, buscando la especial sensibilidad de quien sabe del tiempo pasado, de la pérdida, del adiós, de algo que los niños no entienden cuando creen que vivirán eternamente, pero que un adulto comprende y teme.

¿Una novela de fantasía?; no, aunque fantasía es que un niño no precise “más armas que la magia de la inocencia, tu voluntad y tu valor” para tomar un campo de concentración (pag 136), según le asegura San Nicolás a Hans. Fantasía, cuando no cuento de hadas, es poner a las órdenes de ese niño, Hans, un ejército de Biclips (perdonad, desconocidos lectores, pero no quiero desvelar qué son los o las Biclips, pues la magia no hay que desvelarla). Magia es que los niños rescatados del campo de concentración descubran “con agrado que a cada golpe sufrido por uno de los guardias, alguna de sus propias dolencias comenzaban a desaparecer sin dejar rastro. Era como si los soldados les estuviesen librando del dolor al sufrirlo ellos mismos” (pag 143).

Como os digo, es más que eso. Javier Fernández se atreve incluso con un intento de conciliar las diferentes creencias religiosas, representadas por los personajes de Mohammed, Raba, el padre Tobías… y llevar en su bolsillo una cruz cristiana, la esvástica hindú, la media luna y la estrella judía…

Puede parecernos increíble, pero el propio Hans nos asegura que “Así ocurrió todo. Puede que para algunos de vosotros resulte una historia increíble. Ya me lo imagino. No es fácil creer que pueda existir gente tan malvada como para invadir naciones o matar a personas inocentes sólo por ser diferentes. Pero quien no se lo crea que viaje hasta Ámsterdam, se asome al borde de uno de los canales y susurre el hombre de Dief van Fietsen. Seguro que él estará encantado de corroborar todas mis palabras”.

Podéis hacerlo, pero antes, leedlo.

EL AUTOR.
Javier Fernández Fernández, Madrid, 7 de noviembre de 1978. Ha vivido en Leganés, Cantabria y ahora reside en el Encinar del Alberche. Ha publicado El caballero andante, El escudero del rey, El príncipe dormido, Cuentos de Telluón, La tierra seca, Un ejército para Hans… lo que le ha convertido en un experto en la publicación utilizando las nuevas tecnologías y, por ello, siendo un adelantado en el camino hacia el que va el mundo del libro.

Ha ganado algunos premios literarios con sus cuentos, además de un par de concursos poéticos y otro de cartas. Codirige y presenta el programa Castillos en el aire, de Radio 21, redactor de cultura y deportes en el periódico gratuito A21.

martes 5 de mayo de 2009

Nuevo libro de Ediciones JF2005

La Tierra Seca

Ediciones JF2005 presenta el último cuento de Javier Fernández Jiménez, un relato ecológico para todas las edades.


Hace cientos de años, el Dios Agua se enfadó tanto con los hombres que decidió marcharse del mundo para siempre, llevándose de regreso a Las Fuentes de la Vida a todos los dioses que quisieron seguir sus pasos.

La diosa Tierra, la diosa Luna y el dios Sol amaban tanto a sus hijos, los humanos, que decidieron permanecer con ellos y lograron arrancar de su hermano una promesa: "si un hombre llegaba a las Fuentes de la Vida, le pedía perdón por los viles actos de la humanidad y le llevaba todo el agua del mundo en la palma de su mano, regresaría junto con todos los que le habían acompañado..."

El Niño de los Ojos Brillantes se convierte, gracias a una pregunta, en el nuevo Chamán de la Tribu de la Sabana y debe buscar el modo de traer de regreso al dios Agua, para ello debe atravesar un desierto a pie... a pesar de lo difícil de su aventura, el nuevo Ologa-Mirei parte en busca del perdón de los dioses, sabiendo que un día, hace mucho tiempo, en un pasado que los padres de sus padres ni siquiera recordaban haber escuchado, su predecesor fue capaz de recorrer un mar a nado.


Javier Fernández Jiménez (7-noviembre-1978) es un joven escritor madrileño que publica bajo su propio sello editorial. La Tierra Seca es su sexto libro después de El Caballero Andante, El Escudero del Rey, El Príncipe Dormido, Cuentos de Telluón y Un Ejército para Hans (que será pronto editado de nuevo por Ediciones JF2005). Además de escribir libros, cuentos y poesía, Javier participa en el programa de radio El Bosque de las Palabras como experto en Fantasía y es copresentador del espacio radiofónico de libros y escritores Castillos en el Aire.


lunes 6 de abril de 2009

Un ejército para Hans participa en un concurso promovido por El Corte Inglés

Muchas veces he pensado que si Un ejército para Hans contase con un buen respaldo publicitario y económico podría tener mucho éxito. Quizás no alcanzase las cotas de un gran Best Seller, pero sí podría llegar a ser un libro muy vendido si tuviese algo más de pasta con la que publicitarlo, así que, cuando he visto este concurso hoy (gracias a un correo que me ha enviado mi mujer), me he dicho ¿y por qué no?

Así que, desde hoy, Un ejército para Hans participa en el concurso de El Corte Inglés, os voy a hacer un botoncito para que podáis votar más cómodamente (espero quedar bien por lo menos) ¿El premio? La edición del libro para la próxima Feria del Libro de Madrid ¿no es un premio genial? Pues eso.




Un ejército para Hans. Página 46

Durante más de un mes, cada noche, Hans y Martin abandonaban a hurtadillas el Orfanato para acudir al cumplimiento de la misión que les hubiese sido encomendada. En aquel corto espacio de tiempo habían sido testigos del salvamento de, al menos, una treintena de personas y poco a poco se convirtieron en las dos personas más apreciadas y respetadas por el resto de la organización.

Claro que ellos tenían sus propios favoritos entre los agentes de la Resistencia. Martin estaba perdidamente enamorado de la hermosa Gilda, una joven de cabellos largos y rubios que solía cobijarse bajo un tejado de Rembrandplein a esperar sus mensajes. Martin solía decir que era la mujer más bonita que había visto nunca y Hans no podía más que estar de acuerdo con aquella afirmación, aunque él no la hubiese admirado jamás.
Para Hans, sin duda alguna, el hombre que mejor representaba los ideales de la Resistencia era el padre Tobías. Su función era la de permanecer en el más profundo anonimato para servir de enlace entre la zona norte y la zona sur de todo Ámsterdam. Casi nunca recibía mensajes y cuando lo hacía eran tan importantes que eran llevados por algún adulto desconocido. Era como si él fuese el motor de la lucha. Aunque los dos muchachos sabían que la verdadera líder del grupo Beje era la señora Corrie ten Boom, la relojera.

El padre Tobías les había contado que desde su propia casa, en cuyo bajo había una relojería con más de cien años de antigüedad, la señora Corrie había comenzado a formar el grupo de rebeldes del que ellos formaban parte. Toda su familia pertenecía a la Resistencia e incluso poseían su propio escondite detrás de un armario.

Pero eso era sólo uno de los múltiples grupos de activistas que actuaban en silencio contra los nazis. En realidad una inmensa multitud se dedicaba a tareas semejantes en todo Ámsterdam y probablemente en toda Holanda. Claro que, aun así, eran muy pocos para la cantidad de injusticias que había.

Ni Hans ni Martin olvidarían nunca la noche del 28 de febrero de 1944. Por primera vez su misión les llevaba cerca de la relojería de Corrie. Tenían que llevar un correo a Paul de parte del padre Tobías. El mensaje era secreto. Siempre lo era. Ninguno de los dos niños había podido leer nunca ninguno de aquellos mensajes. Pero a ellos no les importaba, se sentían útiles de verdad. Ahora sí, los dos sabían que estaban haciendo algo por la liberación de su país.

Martin había convencido a Hans para desviarse ligeramente de su camino con el fin de ver por primera vez, aunque fuera desde lejos, la relojería situada en el número 19 de Barteldoristraat. Habían atravesado buena parte de la ciudad escondidos en un barco que transportaba harina. Después habían caminado trabajosamente hasta el centro de Harleem. Nunca habían ido tan lejos en una misión, pero no les importaba pues les ofrecía la excusa perfecta para atisbar aquella tienda. Al llegar frente al modesto comercio iluminado por una luz muy tenue y agradable se vieron obligados a detenerse a contemplarla.

La tienda era pequeña y de aspecto acogedor, desde la acera de enfrente podían ver, a través de los bordes transparentes de los opacos cristales de su puerta de madera, algunos relojes de cuco colgados de las paredes. Alguien se movió en el interior y Hans instó a Martin a marcharse de allí, no quería que nadie les descubriese espiando la tienda. Ni amigos ni enemigos.

Confortados por la visión de la tienda desde la que se decidían qué misiones tenían que cumplir, los dos niños se apresuraron a retomar su ruta. Disponían de menos de media hora para acudir a su destino, aunque ninguno de ellos pensaba que pudieran demorarse, ni siquiera aunque tuvieran que eludir a una o dos patrullas policiales de la temida SS como era habitual.

Las calles estaban silenciosas y desiertas. Desde hacía varios días eran muy pocos los osados o los locos que transitaban furtivamente por ellas durante las frías noches de Ámsterdam. La vigilancia se había multiplicado debido a la proliferación de sabotajes y robos producidos por toda la ciudad y sus alrededores. Harleem no era una excepción. Sin embargo, dos vagabundos como ellos, que habían crecido aprendiendo a ocultarse de miradas indiscretas, no encontraban demasiadas dificultades para deambular por las solitarias callejas.

Hans fijó su atención en la superficie del canal que transitaba por aquella vía, las sombras de las casas se reflejaban en sus aguas calmosas y no por primera vez en su vida se preguntó qué esconderían sus oscuras profundidades.

viernes 6 de marzo de 2009

Un ejército para Hans. Página 45

Por la mirada ansiosa de Paul, parecía que éste estaba completamente de acuerdo con enviar a los pequeños a la peligrosa misión. –Sólo un gato podría entrar allí –murmuró entre dientes.
-Bueno, pues ustedes tendrán dos –el fulgor en los ojos de Martin hablaban de la alegría que sentía por ser útil para sus vecinos.

-Bienvenidos a la Resistencia –Paul adoptó un gesto serio y los calibró una vez más con la mirada. El padre Tobías aún refunfuñó que aquello no le parecía una buena idea, pero aceptó que ellos se encargaran del trabajo.

Hans y Martin consiguieron eludir a los soldados que rodeaban la casa del señor Van Mirten. Mientras ellos aguardaban la orden que precisaban para asaltar la casa y arrestar a su propietario, los dos niños encontraron el modo de sacar al carpintero de su hogar.

Cuando la policía entró en la casa situada sobre la carpintería sólo encontró una nota escrita por una mano infantil que rezaba: “la Resistencia estuvo aquí”.

Aquella nota, más que el hecho de haber perdido a uno de sus futuros prisioneros, enfureció a los mandos de la SS encargados de la detención. Los soldados alemanes congregados para llevar a cabo aquella operación se mostraron inquietos y sólo osaron actuar en aquel barrio tras la insistencia de sus superiores. La casa del señor Van Mirten ardió por los cuatro costados. Por fortuna, él y su familia consiguieron huir al campo, donde vivieron tranquilos hasta el fin de la guerra.

Ese fue el primer encargo que les hizo la Resistencia. Después de aquella noche Hans y Martin se convirtieron en agentes habituales del grupo Beje, una red de más de ochenta personas que se dedicaba en exclusiva a la ocultación y puesta a salvo de judíos o fugitivos dispares del régimen fascista asentado en Ámsterdam.

Los dos niños solían ser utilizados como correos entre los miembros de la organización clandestina. Los resistentes procuraban no relacionarse demasiado entre sí. La frecuencia con la que mucha gente era acusada gracias a topos y confidentes hacía que fuesen necesarias algunas medidas para evitar ser descubiertos. Los agentes no solían verse y apenas había personas que conociesen la ubicación utilizada por sus enlaces. Se comunicaban por medio de mensajes cifrados trasportados por emisarios que únicamente sabían un lugar en el que depositar su encargo, muy poco más.

Un ejército para Hans. Página 44

-Perdona Tobías, tienes razón. He hablado demasiado. Chicos, encantado de conoceros, pero tenéis que iros a dormir. Olvidad que la Resistencia conoce vuestros nombres, al menos hasta que seáis mayores de edad, aunque ojalá que para entonces no se precise de ella –Paul volvió a estrecharles la mano.

-Sí, será mejor que os marchéis arriba. Espero que olvidéis todo lo que hayáis podido escuchar ahí escondidos –el padre Tobías parecía totalmente diferente ahora, era como si se hubiese quitado aquella perpetua máscara amable que tenía. Era más duro, más directo. Parecía un soldado...

-Padre –Hans no pudo marcharse sin más, no podía quitarse de la cabeza la sensación de que podían hacer algo para ayudar al hombre que la Resistencia no podía auxiliar. –El señor Van Mirten del que estaban hablando... ¿no será el carpintero de Valstraat?

-Sí pequeños –Tobías hundió el rostro entre las manos-, es él, no creo que vuelva a construir ningún mueble para nosotros-. Casi todos los muebles que había en el Orfanato habían sido realizados y donados por el buen carpintero-. La GESTAPO ha decidido que es un hombre peligroso para el régimen y no podemos ayudarle...

-Quizás nosotros –sugirió Martin, él también conocía al afable carpintero, todos los habitantes del Orfanato lo hacían.

-No, no es algo que puedan hacer unos niños. No es un problema para vosotros dos sino para personas mayores. Id a dormir ahora mismo. Nosotros lo arreglaremos –el padre Tobías estaba muy alterado, asustado y nervioso. Conocía demasiado bien a aquellos niños como para permanecer tranquilo sin saber exactamente cuánto habían escuchado de su conversación con Paul.

-Pero –Hans se atrevió a hablar-, conozco la casa de Valstraat, una noche dormí en ella, detrás de un escritorio –todos en la sala lo miraron asombrados. –Sé como entrar sin ser visto.

-He dicho que no os pondréis en peligro. –A pesar de sus palabras, el padre los miró como evaluando su firmeza y valor, era indudable que conocían el terreno mejor que nadie y que podían ser tan sigilosos como una sombra. Después de todo aquellos dos pequeños habían logrado robar una juguetería en medio de varias patrullas de la policía alemana. Y el pobre Van Mirten merecía ser ayudado, era un buen hombre...

lunes 2 de marzo de 2009

Un ejército para Hans. Página 43

-Bueno... nosotros... –Martin y Hans estaban sin palabras por primera vez en su vida. Delante del padre Tobías eran incapaces de elaborar una excusa en condiciones. Ambos respetaban demasiado al adulto.

-¿Cuánto?

-Sólo hemos escuchado que el señor Van Mirten está en un apuro –confesó Hans agachando la cabeza avergonzado.

-Eso es más de lo que tendríais que saber ninguno de vosotros dos –se molestó el padre Tobías, pero como siempre se mostró comprensivo. Posó las manos en las cabezas de los dos niños y emitió un profundo suspiro de disgusto.

-Paul –informó el padre Tobías al hombre misterioso- te presento a Hans y a Martin, los dos jovencitos de los que te hablé.

El hombre los miró con interés renovado y se permitió incluso ofrecerles una leve sonrisa. Las arrugas desaparecieron momentáneamente de su rostro, dejando entrever unos rasgos atractivos ocultos tras la melancolía reflejada por su mirada. Se acercó hasta ellos y les tendió una mano amistosa.

-¿Así que vosotros sois los héroes de San Nicolás? –interrogó impresionado. –Todo el mundo habla de vosotros...

Hans y Martin no supieron cómo responder, no esperaban que nadie más que ellos mismos y el padre conociesen aquellos hechos. Pero era la expresión todos lo que llamaba más su atención -¿De nosotros señor?, pero si... ¿quiénes?

-Ya, ya –Paul hizo un gesto con las manos- Tobías cree que es mejor que todos crean en un milagro... bueno, eso está bien. Pero creedme, la Resistencia considera que sois unos héroes.

-¿La Resistencia? –Martin y Hans estaban mudos de asombro, así que eso era lo que pasaba, tanto el padre Tobías como Paul eran miembros de la Resistencia, ahora todo empezaba a encajar...

-Ya vale Paul, has hablado demasiado –el padre Tobías miró al otro desaprobadoramente. A pesar de creer que aquella acción había sido estupenda, no quería que los niños fueran halagados más de la cuenta por cometer un robo. Además tampoco había pretendido que conociesen la existencia de la Resistencia ni su pertenencia a ella. Ahora era demasiado tarde para ello. Hans y Martin los miraban embelesados, seguramente los creían unos héroes capaces de obrar milagros... cuando no eran más que un puñado de gente corriente que sólo se dedicaba a realizar pequeños sabotajes y a esconder a perseguidos por los nazis... no, no eran ningunos héroes.

Un ejército para Hans. Página 42

Había dejado de subir páginas de Hans, pero no por nada en especial, simplemente por cuestiones de tiempo y de mi eterna vagancia. Bueno, también influia el que no viese que nadie pidiese que publicase más, pero gracias a Hargos, aquí tenéis la página sifuiente... y las que vendrán hasta el final de esta historia de Hans. Un saludo.


-Es imposible, ninguno de nuestros agentes...
-Entonces iré yo mismo, aunque para ello tenga que recorrer media ciudad –hablaba muy en serio. Hans y Martin conocían aquel tono de su voz.
-No llegarías. Esos sucios alemanes tienen cortada la calle con alambradas y sacos de arena. Además está hábilmente custodiado por dos parejas con ametralladoras y patrullas a pie. Lo tienen perfectamente organizado. Mirten ya se les ha escapado una vez, no permitirán que vuelva a ocurrir. Sólo un gato podría colarse en aquella casa...

El padre guardó silencio un momento interrumpiendo la conversación de su interlocutor con un gesto. Se levantó de su sillón y se apresuró en dirigirse hacia la puerta. Ni Hans ni Martin tuvieron tiempo para escabullirse escaleras arriba. Antes de darse cuenta de ello estaban en el interior de la estancia, observados inquisitivamente por los dos hombres. Ninguno de los dos niños supo nunca cómo se las había arreglado el padre para descubrirlos.

El hombre que conversaba con el padre Tobías era mucho más joven que él. Tendría unos treinta años, pero su rostro aparentaba bastantes más debido a las preocupaciones diarias. Su cara estaba surcada de arrugas prematuras y unas ojeras muy abultadas ensombrecían sus ojos castaños. Paul –pues ese era el nombre del señor de la gabardina- tenía el cabello marrón claro, corto y peinado pulcramente hacia el lado izquierdo. Un bigote muy fino y descuidado daba notoriedad a su rostro y su silueta era muy delgada. Debía de medir casi dos metros aunque, debido a su vestimenta, parecía mucho más bajo.

Paul era muy nervioso o lo estaba por alguna razón, no dejaba de lanzar miradas a todas partes, como si creyera que las paredes pudieran vigilarlo y era incapaz de dejar de mesarse el bigote a cada momento.

-¿Cuánto tiempo lleváis ahí? –Quiso saber el padre. Su voz era autoritaria e imperiosa, más de lo que los dos niños habían creído que pudiera serlo una voz y menos la de aquel anciano tan humano.

martes 27 de enero de 2009

Un ejército para Hans. Página 41

Al momento recordaron la pareja que habían visto entrar en la tienda del señor Schimerlam y se alarmaron. La imaginación de ambos corrió más veloz que la razón y creyeron que se trataba de un miembro de la policía secreta. Pensando que debían hacer algo al respecto decidieron que en primer lugar descubrirían quién era aquel hombre misterioso.

Bajaron con cuidado la empinada escalera y juntaron los oídos a la puerta de la habitación en la que el padre Tobías los había hecho entrar para felicitarles en secreto por su robo en la juguetería.

Escucharon una discusión murmurada pero, evidentemente, airada y pensaron que algo muy grave sucedía. Quizás alguien los había delatado... pero aquello no tenía sentido, por fin sus cabezas comenzaron a pensar adecuadamente. Si el hombre que estaba con el padre Tobías era de la GESTAPO no habría entrado en silencio ni ocultado su llegada. Tampoco conocería la contraseña secreta. Probablemente habría roto la puerta y enviado a perros hambrientos contra ellos como si de lobos salvajes se trataran. Habría ido acompañado por los robustos hombretones que se envalentonaban ante las mujeres y los niños. Habría ordenado que los golpearan a todos y los metieran en un furgón maloliente.

No, estaban seguros de que no era un soldado o policía nazi, aquello era de lo más extraño.
Estaban muy alterados como para ser precavidos, sabían que tenían que escuchar aquella conversación costara lo que costase. Tenían de desentrañar aquel misterio. Hans abrió la puerta no más de un centímetro, tan despacio que ninguno de los dos hombres del interior se percató de ello. Las voces de ambos llegaron ahora claras y nítidas hasta los dos niños.

-... no hay nada que podamos hacer Tobías. Nadie podrá avisar al señor Van Mirten de que se oculte antes de que la policía se lo lleve. Nadie es tan sigiloso ni rápido como para llegar hasta allí.-Por la entonación de la voz del desconocido se hacía evidente que estaba apenado y entristecido. Su tono también denotaba agotamiento.

-No puedo creerlo –la voz del padre Tobías también sonaba apagada y triste, no se parecía en nada a su tono habitual, sin embargo se negaba a rendirse-, Mirten ha salvado a decenas de personas, quizás a una centena, ocultándolos en su propio domicilio o llevándolos él mismo a las afueras para coger un transporte... no me digas que no merece que alguien se arriesgue por él.

jueves 22 de enero de 2009

Un ejército para Hans. Página 40

Con la llegada de enero vinieron las heladas. La inmensa mayoría de los canales estaban congelados, hasta el punto de que se podía patinar sobre ellos sin peligro de caer al agua. Las noticias de la radio hablaban de los escasos avances del ejército aliado y cada vez podían verse menos judíos y vagabundos por las calles de Ámsterdam. Todos partían tarde o temprano en los trenes...

Aquella última cuestión preocupaba a Hans. No había vuelto a pasar cerca de la Central Station, pero estaba convencido de que la frecuencia en la salida de los trenes atestados de prisioneros se había multiplicado. A las penurias ocasionadas por la larga ocupación se sumaba ahora la decisión de los invasores de deportar a los hombres más jóvenes y robustos de Holanda a Alemania para trabajar en sus fábricas de armas y construcción. Ya no se trataba sólo de su odio irracional hacia los que eran diferentes a ellos, ahora también se llevaban a todos aquellos que podían contribuir a su causa. Aunque fuese a la fuerza.

La radio de Londres, la cual escuchaba el padre cada noche en compañía de los chicos del albergue, prometía que el avance era imparable, que en poco tiempo los aliados vencerían a los nazis. Pero a los habitantes del Orfanato aquello les sonaba a discurso vacío y promesas incumplidas. Además, ¿qué quedaría de su patria cuando los alemanes se marcharan?

Una noche de finales de enero, cuando todos dormían, ocurrió algo inesperado e inusual en el Orfanato. Alguien llamó a la puerta. Hans, que no podía dormir aquella noche, sufrió un sobresalto al escuchar la clave secreta de golpeteos, pues sabía que todos los que la conocían estaban recostados en sus jergones cerca de él.

Asustado, se deslizó hasta el lugar en el que Martin dormía entre fuertes ronquidos, plácidamente y le despertó procurando que no armase mucho escándalo. No quería que todos los demás se despertaran.

Los dos niños se asomaron a la escalera y vieron que el padre Tobías abría la puerta sigilosamente. Un desconocido entró y a pesar de la intensa oscuridad reinante pudieron apreciar que se trataba de un hombre ataviado con una gabardina.

Un ejército para Hans. Página 39

-Señor... nosotros sólo...

-No hace falta que os excuséis por lo que habéis hecho. Ha sido el acto más valiente que se ha realizado en Ámsterdam desde que empezó la guerra. Deberíais ser un ejemplo para el resto de los holandeses, si supieran...

-No queremos que nadie lo sepa –señaló Martin enorgullecido por las palabras del padre Tobías. Para aquel niño el hombre era lo más parecido a un padre verdadero y que fuese valorado por ese anciano era lo más parecido a recibir una condecoración.

Hans estaba también muy orgulloso.

-No, claro que no, además es mejor que nadie lo haga. Son tiempos para creer en los milagros jovencitos. Habéis hecho a vuestros amigos el mejor regalo que podría haberles hecho nadie –les felicitó señalando al techo en referencia a los niños reunidos en el piso de arriba.

Después de aquella frase, los dos niños relataron al padre Tobías todos los detalles de su odisea, desde la planificación hasta la huida. Al hombre le gustó sobretodo el detalle de la nota de felicitación dejada al pie del mostrador, con el que rió durante varios minutos antes de poder volver a hablar. –Espero que mi maravilloso mechero diese buena cuenta del libro de notas de ese chivato- inquirió con una sonrisa evocadora.

Así había sido. Antes de llegar al Orfanato Martin y Hans habían decidido quemarlo. Era una prueba que podía indicar qué habían hecho. Estuvieron hablando con el padre más de una hora. Tras la que Tobías les despidió más efusivamente que nunca y sin perder la sonrisa. Los dos niños sabían que a partir de ese momento su protector no sólo los quería y protegía, sino que además los respetaba.

Cuando volvieron con sus amigos Hans y Martin se sentían mejor que nunca, los dos sabían que el padre Tobías les consideraba verdaderos héroes. Y ellos, a pesar de que sólo él conociera aquella acción anónima, se sentían como tales.

Pasaron los días de diciembre sin novedad, las noches llegaban enseguida por lo que ninguno de los niños acogidos en el Orfanato salía demasiado a las calles. Los bombardeos nocturnos ya apenas molestaban después de tanto tiempo soportándolos y por una misteriosa razón apenas se veían patrullas alemanas por esa zona de la ciudad.

jueves 15 de enero de 2009

Un ejército para Hans. Página 38

El viejo Tobías aguardó aún unos minutos antes de decir nada o actuar de algún modo. Hans no podía quitarse la extraña sensación de que el padre se estaba divirtiendo con aquel momento. Parecía que estaban siendo indagados o evaluados antes de ser reñidos. O, quizás, pretendía que ellos mismos se delataran sin tener que decirles nada para que lo hicieran.

Hans notaba el sudor de las manos y los nervios empezaban a causarle un enojoso dolor de estómago. Miró disimuladamente a Martin y descubrió que la máscara inescrutable de su amigo ocultaba un temor y unos nervios tan agudos como los suyos propios.

Al fin, el padre Tobías pareció cansarse de aquel ominoso silencio. Esbozando una leve sonrisa el anciano extrajo un pequeño objeto metálico de su sotana y lo depositó encima de la mesa sin dejar de mirarles directamente a los ojos. Tanto Hans como Martin reconocieron en el acto el encendedor del señor Schimerlam. Los dos habían creído que era una excelente idea el regalárselo al padre Tobías como obsequio de San Nicolás.

Ahora no estaban tan seguros de ello.

Sin perder su ambigua sonrisa, el vetusto hombre volvió a reclinarse en su sillón, muy seguro de sí mismo. Esperó unos minutos a que los jóvenes recobrasen su habitual presencia de ánimo y les instó a explicarse con la mirada.

Ninguno de ellos dijo nada.

Cuando por fin habló, el padre había recuperado su tono jovial, cercano y afable. -Está bien –comenzó-, aunque me gustaría conocer los detalles de vuestra alocada aventura, sólo os haré una pregunta.

-¿Señor? –Martin estaba muy sorprendido. No parecía que el padre fuera a reñirlos, más bien parecía que los felicitaba por lo que habían hecho.

-Bien... quiero que sea Hans quien me responda. ¿Fue este mechero el que prendió la bandera nazi? –Hans sólo pudo asentir sin ser capaz de desatorar su estómago.

-Perfecto –murmuró acariciando el artilugio-. El regalo que me ha traído San Nicolás es perfecto, de verdad. Sólo quería saber si el objeto en cuestión posee tanto valor como creía. ¿Sabéis? Yo mismo hubiese querido quemar esa horrenda bandera. Pero me conformaré con atesorar el mechero que lo hizo por mí.

Un ejército para Hans. Página 37

Sin embargo al llegar abajo descubrieron que no había ningún desayuno. En realidad era demasiado temprano para que nadie estuviese ya en la calle. Por las cortinas entrecerradas de una ventana pudieron apreciar que apenas había amanecido.

El padre Tobías no dijo ni una palabra y señaló una puerta con el dedo índice. Ni Martin ni Hans habían visto una expresión tan seria en su rostro. Era evidente que habían sido pillados. Esperaban que las consecuencias no resultasen demasiado desastrosas.

Atravesaron la puerta temiendo haberse ganado una buena reprimenda y entraron en una habitación que ninguno había visto anteriormente.

La estancia era pequeña y carecía de ventanas. Tampoco tenía ningún cuadro ni ornamento colgado de sus paredes agrietadas. El único mobiliario destacable en la misma era un ajado sillón negro de guata situado detrás de un amplio escritorio de madera, una silla de aspecto incómodo reposaba junto a la pared de la derecha y un armario de dos puertas, desvencijado y con algunas láminas de madera sueltas, descansaba en la de la izquierda.

El padre Tobías, muy silencioso, cerró la puerta de la sala con llave. Ninguno de los dos muchachos recordaba haber visto al padre cerrar una puerta en el Orfanato. Ajeno –o no- a la incertidumbre de los dos pequeños, Tobías caminó lentamente hacia el sofá acolchado y se sentó en él sin dirigirles una sola mirada. Los dos niños se mostraban inquietos. No sabían en que terminaría aquella escena tan, aparentemente, elaborada.

El hombre se recostó contra el respaldo del sofá, emitió un leve suspiro y giró el cuello antes de mirarles. Los ojos grises del padre recorrieron escrutadores a los dos pequeños alargando su atención durante unos segundos en los de cada uno de ellos.

Ni Hans ni Martin sabían qué tenían que hacer o decir, pero las agudas mentes de ambos comenzaban a diseñar una sofisticada excusa para salir de aquel atolladero. Temían que el cariñoso padre Tobías les prohibiera volver a salir por las noches... o algo mucho peor, les echara del Orfanato.

viernes 9 de enero de 2009

Un ejército para Hans. Página 36

Se había comportado como un estúpido al irse. Al ver la felicidad que lo rodeaba Hans supo que estaba con su verdadera familia. Sintió que el nudo de la garganta le oprimía mucho más, tuvo que hacer un esfuerzo considerable para no llorar. Tenía los sentidos a flor de piel. Por primera vez en su vida presentía que había hecho algo útil de verdad. Y no había tenido que huir corriendo en busca de la inexistente Resistencia... ahora sabía que aquella fuerza invisible sólo existía en su mente fantasiosa. Pero ya no le importaba, ya se podía decir que era un héroe...
Y lo mejor de todo era que Anna y María, a pesar de desconocer la hazaña que él y Martin habían realizado la noche anterior, los consideraban a ambos como tales. Les querían y se sentían protegidas a su lado.

-Hans, Martin –la voz del padre Tobías llegó desde el piso de abajo. Sonaba muy grave y profunda, casi enfadada. Seguro que hablaba tan alto para superar la algarabía del Orfanato, pero los dos niños se estremecieron. El padre Tobías no era un niño y no se le podía engañar tan fácilmente. Quizás les hiciera devolver todos los juguetes...- ¿podéis venir a ayudarme?

-Vamos con vosotros –dijeron las dos niñas al escuchar el tono imperativo del adulto. Martin y Hans se miraron dubitativos, nunca habían escuchado al padre hablar así. Prohibieron a las dos muchachas que bajasen con ellos y las obligaron a seguir jugando con sus juguetes. Después bajaron las escaleras más despacio de lo habitual. Los dos se preguntaban si habrían sido descubiertos. Pero en seguida –para tranquilizarse a si mismos- se dijeron que probablemente el padre sólo quería que le echasen una mano con el desayuno de Navidad.

Todos los vecinos que vivían en las proximidades del Orfanato llevaban leche y galletas a su puerta el día 5 de diciembre. No era mucho lo que podían dar, ningún habitante de Ámsterdam atesoraba demasiados alimentos. Pero eran buena gente y donaban todo lo que podían. Entre unos y otros conseguían juntar un desayuno excelente para aquellos huérfanos desamparados.