
Durante más de un mes, cada noche, Hans y Martin abandonaban a hurtadillas el Orfanato para acudir al cumplimiento de la misión que les hubiese sido encomendada. En aquel corto espacio de tiempo habían sido testigos del salvamento de, al menos, una treintena de personas y poco a poco se convirtieron en las dos personas más apreciadas y respetadas por el resto de la organización.
Claro que ellos tenían sus propios favoritos entre los agentes de la Resistencia. Martin estaba perdidamente enamorado de la hermosa Gilda, una joven de cabellos largos y rubios que solía cobijarse bajo un tejado de Rembrandplein a esperar sus mensajes. Martin solía decir que era la mujer más bonita que había visto nunca y Hans no podía más que estar de acuerdo con aquella afirmación, aunque él no la hubiese admirado jamás.
Para Hans, sin duda alguna, el hombre que mejor representaba los ideales de la Resistencia era el padre Tobías. Su función era la de permanecer en el más profundo anonimato para servir de enlace entre la zona norte y la zona sur de todo Ámsterdam. Casi nunca recibía mensajes y cuando lo hacía eran tan importantes que eran llevados por algún adulto desconocido. Era como si él fuese el motor de la lucha. Aunque los dos muchachos sabían que la verdadera líder del grupo Beje era la señora Corrie ten Boom, la relojera.
El padre Tobías les había contado que desde su propia casa, en cuyo bajo había una relojería con más de cien años de antigüedad, la señora Corrie había comenzado a formar el grupo de rebeldes del que ellos formaban parte. Toda su familia pertenecía a la Resistencia e incluso poseían su propio escondite detrás de un armario.
Pero eso era sólo uno de los múltiples grupos de activistas que actuaban en silencio contra los nazis. En realidad una inmensa multitud se dedicaba a tareas semejantes en todo Ámsterdam y probablemente en toda Holanda. Claro que, aun así, eran muy pocos para la cantidad de injusticias que había.
Ni Hans ni Martin olvidarían nunca la noche del 28 de febrero de 1944. Por primera vez su misión les llevaba cerca de la relojería de Corrie. Tenían que llevar un correo a Paul de parte del padre Tobías. El mensaje era secreto. Siempre lo era. Ninguno de los dos niños había podido leer nunca ninguno de aquellos mensajes. Pero a ellos no les importaba, se sentían útiles de verdad. Ahora sí, los dos sabían que estaban haciendo algo por la liberación de su país.
Martin había convencido a Hans para desviarse ligeramente de su camino con el fin de ver por primera vez, aunque fuera desde lejos, la relojería situada en el número 19 de Barteldoristraat. Habían atravesado buena parte de la ciudad escondidos en un barco que transportaba harina. Después habían caminado trabajosamente hasta el centro de Harleem. Nunca habían ido tan lejos en una misión, pero no les importaba pues les ofrecía la excusa perfecta para atisbar aquella tienda. Al llegar frente al modesto comercio iluminado por una luz muy tenue y agradable se vieron obligados a detenerse a contemplarla.
La tienda era pequeña y de aspecto acogedor, desde la acera de enfrente podían ver, a través de los bordes transparentes de los opacos cristales de su puerta de madera, algunos relojes de cuco colgados de las paredes. Alguien se movió en el interior y Hans instó a Martin a marcharse de allí, no quería que nadie les descubriese espiando la tienda. Ni amigos ni enemigos.
Confortados por la visión de la tienda desde la que se decidían qué misiones tenían que cumplir, los dos niños se apresuraron a retomar su ruta. Disponían de menos de media hora para acudir a su destino, aunque ninguno de ellos pensaba que pudieran demorarse, ni siquiera aunque tuvieran que eludir a una o dos patrullas policiales de la temida SS como era habitual.
Las calles estaban silenciosas y desiertas. Desde hacía varios días eran muy pocos los osados o los locos que transitaban furtivamente por ellas durante las frías noches de Ámsterdam. La vigilancia se había multiplicado debido a la proliferación de sabotajes y robos producidos por toda la ciudad y sus alrededores. Harleem no era una excepción. Sin embargo, dos vagabundos como ellos, que habían crecido aprendiendo a ocultarse de miradas indiscretas, no encontraban demasiadas dificultades para deambular por las solitarias callejas.
Hans fijó su atención en la superficie del canal que transitaba por aquella vía, las sombras de las casas se reflejaban en sus aguas calmosas y no por primera vez en su vida se preguntó qué esconderían sus oscuras profundidades.